Aún recuerdo el día en que cumplí los catorce años. Dos semanas atrás me entregaron una carta en la que decía que al cumplir mi decimocuarto aniversario debía abandonar el Orfanato como estaba reglado. Aquella mañana fue una de esas especialmente calurosas de primavera. Me desperté sudado por el mal sueño de la noche anterior y un sentimiento de incertidumbre rondaba en mi cabeza al son de “Hoy es el día en el que debo marchar”.
Salí de la cama y desperté a Enzo, este abrió sus
ojos y me lanzó una expresión de tristeza añadiendo -¿Me voy a tener que quedar
solo?- a lo que contesté -Me temo que sí hermano. No puedo quedarme más tiempo
aquí, ya conoces las normas, pero volveremos a vernos de seguro-. Se irguió y juntos fuimos al comedor
para tomar el desayuno.
A medida que avanzaba por el comedor todos los niños
me miraban fijamente ya que el día que dejas el orfanato es un día especial al
que todos acabamos por llegar, y al final me tocó a mí. Entraba un sol
agobiante a través de las ventanas mugrientas, lo cual siempre me pareció
curioso porque debería pasar mucha menos luz de la que lo hace debido al polvo
acumulado que hace que prácticamente sean negras y como siempre, el olor a rancio estaba en cada esquina del lugar. Caminando me acerqué a
recoger mi desayuno y le dije a la encargada –Póngame un poco más de lo
habitual, hoy es mi último día y necesitaré comenzar mi camino con fuerzas-,
con una mirada de desprecio me sirvió lo habitual. Resignado me dirigí junto
con Enzo a la mesa de siempre después de que le sirvieran.
Sentados en la mesa, Enzo no dejaba de mirarme sin
decir una sola palabra mientras comía. Entendía por lo que estaba pasando pues
siempre fuimos dos, uña y carne, y ahora le tocaba estar solo. Le miré
fijamente y comencé a hablar.-Ha llegado el momento de que aprendas a vivir por
tu cuenta hermano, yo ya no estaré aquí y a ti te quedan aún cuatro años.
Siempre hemos fantaseado sobre este momento, el día en que veríamos mundo, que
viviríamos a nuestra manera sin rendir cuentas a nadie, y ese momento me ha
llegado a mi primero, como era de esperar. Algún día te llegará a ti también y
quién sabe, quizá nuestros caminos se crucen, pero has de saber que es posible
que eso nunca llegue a suceder. El mundo es vasto y peligroso, quizá para cuando
tú salgas yo ya haya muerto, no lo sabremos hasta que nos reencontremos, pero
vive, experimenta y disfruta de las cosas.- Callé durante unos instantes y
añadí -Eres un chico inteligente, saldrás adelante.- No dijo nada y prosiguió a
terminar su desayuno.
Terminado el desayuno Enzo se fue al patio trasero a
subirse a su árbol favorito y descansar, intuía yo. Mientras tanto yo me dirigí
hacia mi habitación, crucé el amplio y antiguo salón donde había jugado tanto
tiempo con arañas, lagartijas y demás alimañas que rondaban por aquel lugar,
subí la tortuosa escalera de caracol que hicimos estallar mi hermano y yo hasta
que llegué al piso de los dormitorios y entré en el cuarto en el que había
pasado la mitad de mi infancia. Sabía que, aunque pasé tantos momentos
indeseables, echaría de menos aquel sitio a medio derrumbar. Me dispuse a hacer
mi pequeña maleta y mientras iba llenándola con mis dos prendas de ropa y
diversos materiales con los que hacía trapicheos, no dejaba de pensar en si
Enzo sería capaz de sobreponerse a las dificultades, no porque sea torpe o
estúpido, pero sí puede actuar impulsivamente, lo cual es la naturaleza de la
mayoría de sus problemas.
Con todo empaquetado me dirigí hacia la salida y
allí estaba Enzo, sentado en el primer escalón de la entrada, jugueteando con
su navaja favorita y mirando absorto las nubes que se alzaban en ese bello día,
“Un día claro para unos y para otros sin embargo llegará a ser uno de los más
tristes”, pensé.
Me senté junto a Enzo y allí nos quedamos,
ensimismados mirando las nubes hasta que pasados los cinco minutos dijo, -Me
alegro por ti y ojalá nos encontremos algún día-, sonreí y seguidamente asentí
mirándole a los ojos. Después de aquello nos quedamos sentados durante otros 15
minutos. No teníamos nada que decirnos, ya sabíamos lo que pensaba el otro y
simplemente me dediqué a observar la ropa tendida de los otros chicos que era
mecida por la brisa matinal mientras de fondo se escuchaba el ruido de las
hojas de los árboles, los chillidos de los niños y niñas que hacían de las
suyas a los laterales del Orfanato. Todo era un contexto que me ataba a aquel
lugar pero solo ante la idea de ver qué hay fuera de la ciudad ya me hacía querer
salir disparado de allí. Mientras, Enzo solo jugueteaba con
su navaja como llevaba haciendo durante todo ese espacio de tiempo mientras miraba todo
aquello que alcanzaba su vista, a todo excepto a mí, -Cada vez manejas mucho
mejor tu navaja, se nota que tienes aptitudes- le dije y seguidamente me
levanté para marcharme definitivamente.
Ya estaba en frente de la cerca que rodeaba aquel lugar cuando de repente noté un tirón en mi chaqueta que me hizo girar la cabeza hacia atrás; era Enzo. –Toma, quédatela tú, yo ya me he aburrido de ella- me dijo acercándome su navaja. Le miré, extendí mi mano y él la puso sobre ella. –Gracias hermano- le dije. Y sin más se fue caminando hacia el orfanato con las manos en los bolsillos. Yo me di la vuelta y el portero me abrió la puerta.
Ya estaba en frente de la cerca que rodeaba aquel lugar cuando de repente noté un tirón en mi chaqueta que me hizo girar la cabeza hacia atrás; era Enzo. –Toma, quédatela tú, yo ya me he aburrido de ella- me dijo acercándome su navaja. Le miré, extendí mi mano y él la puso sobre ella. –Gracias hermano- le dije. Y sin más se fue caminando hacia el orfanato con las manos en los bolsillos. Yo me di la vuelta y el portero me abrió la puerta.
Dejaba atrás una etapa de mi vida, tanto bella como
despiadada, pero que forma parte de mí y por ello la atesoré. Un nuevo mundo se
abría ante mis ojos y no podía esperar por ver qué me deparaba al otro lado de
la puerta.